El oficio de envejecer

Yo fui una de esas personas con el gen de la melancolía que parió Monterrey en los ochenta. Crecí con inquietud, tratando de encontrar en las clases y los maestros una respuesta al temblor interno. Persecución de evasivas. Usted sabe. El método es muy sencillo: memorizar y hacer cartulinas, aveces, con suerte, construir la maqueta de un sistema solar. No es reproche, Monterrey ha sido una buena madre. A pesar de que los índigo le causamos angustia y prefiere a nuestros hermanos, nos compra libros, dulces e ilusiones. Y luego… nos dio el Barrio Antiguo y las afueras de la ciudad y tuvimos los mejores veinte años de la historia. Aunque todo eso sea parte del pasado, un día fue… y eso significa, tiene un contenido. Usted dirá: memoria e identidad. Y ahora, hoy, a esta hora, ya somos coordinadores de la década, y el ayer se siente cada vez más colocado en el mes pasado.  Te preguntas ¿qué he hecho? no te puedes responder que tú no elegiste… porque en realidad ese discursito te llegó de rebote. No eres X. Eres algo más que la siguiente letra del alfabeto. Eres la rabia del genocido silenciado por el mito de la industria deificada, arena del desierto, una bruja dispuesta a conjurar a los espíritus, lágrimas de vidrio y espada, sangre que engendra y nada teme, pues la muerte ya está ganada.

ElOficioDeEnvejecer

 

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