Uno se puede ir de España, pero España nunca se va de uno

1002691_10152423818381180_5453250311915471458_nEl viernes 4 de julio llovió tan fuerte en Monterrey que por un momento pensé en faltar. Sin embargo, mi músculo de la voluntad se ha tonificado lo suficiente con los pilates. Logré sobrepasar la mediocre inercia y llegué a donde tenía que llegar. El espectáculo se llamaba “D’un ayre”, música medieval y sefardí a capella por la soprano Denise Reynoard.

Conocí a Denise cuando yo tenía 17 años y ella 15. Ambas éramos actrices de la compañía estudiantil de teatro de la Prepa Tec. Viajamos juntas al D.F. para montar el Pájaro Azul de Maurice Maeterlinck. En las noches hablábamos de Lovecraft y del Necronomicón. Los años pasaron y nos perdimos la pista. Yo estudié literatura y ella música. Nos encontramos de nuevo hace unos meses, tras mi regreso. La vi pasar y tuve el impulso de atraparla. Con la cara pintada de muerte le pregunté: ¿te acuerdas de mí?

La cita para escuchar a Denise fue en Entre Cronopios, un café en Dr. Coss, casi en esquina con Aramberri. En la geografía cultural de Monterrey los calles del Centro son las coordenadas. Los cafés del primer cuadro de la ciudad son parte de la valiente infraestructura independiente que se mantiene al pie del cañón en cuestiones de expresiones de alta cultura. Los dueños de los cafés, al tiempo visionarios y soñadores, son los aliados fieles de escritores, músicos, actores y bailarines. Los artistas a su vez malabarean para conseguir su parte del trato: la audiencia.

Pedí un espeso y delicioso smoothie y me dispuse a escuchar. La voz de Denise llenó el espacio de una manera que nunca antes había experimentado. Comenzó con piezas sacras del siglo XI y con ellas sentí que en mi pecho se abría una puerta vieja, pesada y llena de polvo. Mis vísceras momificadas estaban allí, expuestas frente al escenario, a sus pies. Ella iba atravesando los siglos con su voz y yo veía el acueducto de Pamplona, las ojivas de Donostia, los Campos de Castilla. Mis pies se volvieron a mojar en el Casco Viejo de Iruña, sentí mis dedos en las tumbas de la Guerra Civil. Denise llegó a la música sefardí y el dolor que percibí en mí me hizo percatarme que mis vísceras ya no estaban cubiertas de polvo, sino que sangraban, rojas, gordas, llenas de vida y de penas. Denise se fue a la Occitania, con su compositora favorita que como sus bisabuelos hablaba provenzal, y a mi nariz llegó el olor de un sol mediterráneo y las ganas de volver y conocer mil y un olores más. Sí, mi amor, extraño a España a rabiar. Casi tanto como extrañaba a México cuando trotaba por allá. Pero como dice Butters, “its a beautiful sadness”. El artista que no es melancólico está condenado al oropel del oficio. No pain, no gain, Darling.

Denise se va a Catalunya en unos meses. Su momento ha llegado para efectuar el mítico viaje del artista latinoamericano en la cuna de Occidente. El oráculo ha hablado. A diferencia de Ulises, esa odisea carece de retorno, pues uno se puede ir de España, pero España nunca se va de uno.

La cultura medieval hispánica es nuestra raíz, tanto como la precolombina. Conecten con nuestras raíces hispánicas a través de la prodigiosa voz de Denise, y este repertorio, el próximo 8 de agosto en Entre Cronopios, a las 9 de la noche.

 

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