Yo, la Novia

La cónsul llegó cuarenta minutos después de la hora acordada. Nos casamos en Cataluña, en un pedacito de territorio mexicano en medio del Paseo de la Bonanova; en el Consulado general de México en Barcelona. Fuimos solos y a pie. Ahora que lo pienso, nos llevó la pasión, el ensueño y la fe.

Mientras esperábamos a la cónsul los amigos que nos acompañaban hacían el rato ameno con anécdotas y chistes. Yo sonreía, pero podía notar que mi cuerpo temblaba con sutileza: estaba nerviosa. Me sentía enrarecida, como si mi piel se convirtiera en humo y mi esqueleto levitara. Tal vez la razón de mi extravío era que yo no había soñado nunca con el día de mi boda. No pasé mis días infantiles imaginando mi vestido de novia. No tuve la suerte de crecer en una familia que le diera importancia al rito de la boda. Yo crecí soñando que sería doctora y transplantaría corazones, que me convertiría en arquéologa y descubriría los misterios de los mayas, que sería actriz y tan buena pintora como Vincent Van Gogh. Nadie me dijo que también podía soñar con casarme y tener mi propia familia. Algo ambiguo hubo en mi infancia que me formó la idea de que cuando fuera adulta tendría que elegir.

Es por ello que cuando él llegó a mi vida la pulsión que nos unió arrasó con mis conceptos y paradigmas. La palabra “no” era inexistente entre nosotros. ¿Te quieres casar conmigo? Sí. Sin pensarlo, sin medirlo. Siempre sí. Guardamos la parte racional de nuestra mente adentro de un cajón y organizamos una boda a kilómetros de distancia de los nuestros, siendo ambos estudiantes.

La cónsul seguía sin aparecer. De pronto su secretaria nos llamó. “Hay un error en las actas, necesito hablar con ustedes”. Nos llevó a su oficina y empezó a explicar la situación. Mi nerviosismo aumentó. Sentí el golpe de la melancolía, la lejanía de los seres queridos. Cuando me empezaba a sentir vulnerable un sonido me sacó del letargo. En la radio encendida estaba una canción de Kenny Rogers que mi mamá me cantaba cuando era niña. Recordé que un día antes me había dicho por teléfono: “Estaré rezando a la hora que se casen”. Cayeron mis primeras lágrimas de alegría. Fue mi milagro ocurrido entre los senderos que se bifurcan.

Las actas se corrigieron y la cónsul llegó. Quise ir al baño sola antes de que empezara la ceremonia. Me lavaba las manos de prisa cuando de pronto reparé en mi reflejo en el espejo. Hubo un instante de asombro en mi interior. Nunca antes me había visto a mí misma tan hermosa. Mi cabello y mis ojos, el contorno de mi rostro, mis brazos, caderas y hombros irradiaban un fulgor inasible. La luz de la tarde entraba suave por las pequeñas ventanas. Me vi por última vez como doncella. Un momento antes de la entrega. Mi ser se transmutó en el umbral de un nuevo mundo. Fue magia, alquimia. Me despedí de mí y me di la bienvenida. En ese instante fui eterna. Fui la Novia.

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